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El cuerpo del mago es el hígado, por lo que podríamos decir que el cuerpo posee un mago: el hígado.
Dicho órgano se encarga de la transformación de los desechos celulares como el amoniaco, que es convertido en urea. Al hígado le gusta la higiene del territorio humano, por eso le gusta que las toxinas se tuerzan en desechos totales bajo su supervisión.
Podemos decir, también, que el hígado es una bruja que ama utilizar la escoba. Sus tareas trascendentes de limpieza no acaban nunca. Especialmente en el caso de los hígados que se las ven con borrachos y gente corajuda. Los amos noctámbulos tampoco le hacen gracia a un cruzado tan aprensivo que experimenta en carne propia cómo boicotean su trabajo nocturno de regeneración. La lista de agravios hacia el hígado es inmensa. Los historiadores médicos son prudentes al hablar de la sobreexplotación que sufre tan estoico obrero.
Es exacto: sabemos que está involucrado en la síntesis de proteínas plasmáticas. Sin ir más lejos, realiza más de quinientas funciones vitales para el desconsiderado reservorio de tan noble figura irregular.
Los hígados sueñan con habitar en un oriental, sereno y contemplativo, un taoísta. Pero son sueños guajiros. En esas exóticas tierras, cada vez más comerciales, debido a sus costumbres saben darle su lugar en los principios de los cinco elementos de la sabiduría antigua china. Además, practican un Tai Chi revitalizante para la fascia lata –zona refleja hepática– y lo mantienen en un sutil spa con masajes, rutinas de acupuntura e infusiones hepatobiliares.
Por otra parte, la amargura de su vesícula -mítica e inciertamente simbólica- es, sin embargo, su talón de Aquiles o “amarga pesadilla” cada vez que alguien le expresa con mala leche y mirada fría, que le va a provocar un dulce infierno. Ese tipo de personas no entienden que el hígado es un alma de Dios que carga con un lastre ajeno cada vez que se enoja.
La ausencia de cerebro no se nota en muchos individuos. Incluso se puede vivir sin corazón, como lo demuestra media humanidad, pero sin hígado sólo se vive con otro hígado.
Digamos que sólo se vive un hígado.
Preguntémonos si es posible habitar la existencia sin alma. Ya los hititas sabían, sin dudarlo, que el alma cabalga en el hígado, estepa cálida donde la sangre del individuo, además de ser filtrada, recibe la bendición del ánima y su derecho al liderazgo orgánico como Atila, poseedor de un hígado terrible.
En fin, las evidencias arqueológicas nos regalan la imagen de un “arúspice” -vidente etrusco de reconocida fama por los romanos-, prediciendo el futuro del imperio con sólo mirar el hígado de un chivo expiatorio o víctima sacrificial. Y los druidas es probable que también celebraran un buen hígado oracular, sobre todo, del enemigo. Se sabe que las cabezas eran preferidas por los guerreros celtas, pero en los ocultos santuarios druidas de árboles, podemos suponer que el hígado mantuvo en alto su reconocimiento y su sabiduría al lado del muérdago. El corazón, es cierto que se la vive más alto que el hígado, como sucedió en los sacros ritos en las pirámides mexicanas, pero igual el muérdago. Ahora entendemos por qué. Y todo antropófago también lo entiende.
Debemos hacer un paréntesis para recordar el hígado de Prometeo en el Cáucaso. Cuando hablamos del “fuego prometeico”, sabemos, herméticamente hablando, que es el fuego del hígado. Un legado ancestral del titán y de Zeus.
Seamos justos: el hígado espera respetabilidad espiritual. Por añadidura, el águila de Zeus, devoradora de hígados, sólo desgarra a un elevado espíritu o a un traidor de altos vuelos, como el que se las ve con los dioses.
El hígado pagano tiene muchas responsabilidades hoy en día. Como purificador universal y purista renombrado, tiene mucho que opinar y mucha bilis que secretar sobre la paja y el eclecticismo que afecta al parénquima hepático del paganismo, o sea su alma.
Ya lo dijo Neruda:
“…..equilibrio de mi poesía,
de ti,
monarca oscuro,
distribuidor de mieles y venenos,
regulador de sales,
de ti espero justicia..”
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