“Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo” S. Freud
En muchas tradiciones ancestrales –y en cualquier terapia psicológica transpersonal–, uno de los primeros pasos que se debe dar para “sanar” el espíritu, es disolver el ego o, al menos, no hacerle tanto caso. Ya Freud nos habla de este “elemento” integrante de la personalidad de cualquier ser humano. ¿Pero cuándo nace? ¡Ah!, esa es una pregunta parecida a la del huevo y la gallina.
Podríamos decir que nace con el hombre; aunque quizá sería más acertado decir que el “hombre” nace con el ego. Históricamente hablando, en todas las culturas encontramos historias, mitos y leyendas que aluden a personajes egóticos que terminan acarreando la ruina de sí mismos y quienes están a su alrededor. Sin embargo, hoy quiero detenerme en alguien real, de este mundo, tan de este mundo que sus ideas siguen influyendo y gobernando la mente de todos aquellos que se consideran “intelectuales”, “eruditos”, “hombres de ciencia” o cualquier otro apelativo que demuestre la primacía de la razón sobre el instinto.
¿De quién hablo? Pues del hombre que con su pensamiento contribuyó, sin lugar a duda, con uno de los movimientos más importantes en la historia del arte y la ciencia: el Renacimiento; por supuesto, hablo de Erasmo de Rótterdam, célebre referencia para cualquier estudiante del área de humanidades.
Pues bien, nuestro querido Erasmo fue un ilustre pensador, un filósofo, un teólogo que con su saber e ironía iluminó al Oscurantismo, inspiró la Reforma y se dio el lujo de poner al hombre en el centro del Universo. Y no malentiendan, es cierto que Rótterdam era un místico para quien Dios estaba por sobre todas las cosas; aunque acompañaba sus devociones con una capacidad enconada para emitir juicios; una facultad analítica contundente y un amor contestatario por la libertad de pensamiento y expresión.
Sin duda, en él se conjugaron una lucidez espeluznante y una indecisión catastrófica, al menos para su persona, pues al no querer tomar partido entre luteranos y papistas (recuerden que le toca vivir el cisma de la Iglesia, pues Lutero se inspira en los escritos erasmistas para su Reforma), termina por ser atacado y repudiado por ambos bandos.
Pero vamos, ¿a qué viene todo esto de Erasmo y qué relación tiene con el Ego? Bueno, intentaré dar una respuesta coherente. Cierto es que en la obra de Erasmo encontramos una ironía recalcitrante contra la conducta escandalosa de los clérigos en ese tiempo; también podemos hallar frases de sabiduría popular que ilustran al hombre de todos lo tiempos; es él quien pone al alcance de todos los textos bíblicos, al traducirlos al alemán; es quién considera que la clave de todo es la sinceridad y que el mal se oculta en el respeto por la tradición. Es un “militiis christiani” en toda la extensión de la palabra y lo único que desea es que todos tengan la opción de elegir aquello que van a creer (claro, allí está Dios o los Dioses –como gusten– pero para que dejarnos mangonear por ellos, mejor elijamos nuestro destino como mejor nos parezca –aunque eso signifique decisiones de los más estultas).
Erasmo defiende la libertad de acción del hombre, el libre albedrío. Libertad de acción que me recuerda cierta máxima New Age que considera que el mundo está desconectado entre sí porque podemos hacer lo que nos venga en gana, claro, siempre que tengamos cuidado de no dañar a alguien (¿en verdad será que nuestros actos pueden no tener repercusiones de ningún tipo?, ¿no suena eso como ego desmesurado en pro del libre albedrío?, en fin). Lleva a tal extremo su gusto por la libertad, que cuando se ve impelido a unirse al bando reformista, le explica a Lutero que el hecho de convertirse en un líder religioso a su lado, destruiría su reputación académica como teólogo y pondría en peligro sus obras de pensamiento puro, un trabajo que le había llevado décadas y que constituía su único interés y el objetivo de su existencia (¿Se fijan que al hacer eso está pensando sólo en sí mismo?). Es un gran pensador y teólogo, pero no se compromete con una causa, lo cual lo hubiera situado como un ser extraordinario; sino que se preocupa por su trabajo personal e individual, lo que lo coloca como una persona cualquiera.
Volviendo a Erasmo, resulta que además de lo anterior, en su Elogio a la locura (que debería traducirse mejor como Elogio a la estupidez, pues utiliza tanto el término griego como el latino que significan “sandez” y no locura) nos recuerda que sólo los “estultos” son felices (cosa que no niego); que sólo los insensatos pueden disfrutar de los placeres de la vida (cierto, cierto, ya los estoicos negaban el derecho al placer y más adelante Freud dirá que necesitamos mecanismos para regularlo); que los políticos son estultos de primer orden (seguro tuvo visiones del México contemporáneo); que los sabios, los eruditos, los hombres de ciencia, en realidad sufren debido a su conocimiento (eso lo dice también el Eclesiastés). En resumen, que para ser tomado por un hombre sabio, además de callar, se debe mantener una cierta gravedad en el trato, una gran distancia de la payasada y la bobería, digamos, un leve aire de guía de la humanidad, con ego incluido, pues se posee la llave del conocimiento (algo me dice que muchos “gurús” actuales han leído con detenimiento a Erasmo).
Y no digo que la intención de Erasmo, en su hábil ironía, haya sido, precisamente, darle al hombre las herramientas para conectarse a la matriz de una sociedad que pondera la altivez, la seriedad y el digno aplauso ante una conducta solemne; mientras delezna la alegría genuina, la espontaneidad, el placer, etc. Digo, solamente, que sus escritos, aunque claros como el agua de un pozo, siempre tuvieron ese doble matiz que repercutía de la manera más inesperada. En este sentido se podría aplicar lo mismo que cuando la iglesia le acusara diciéndole “Usted puso el huevo y Lutero lo empolló”, en este caso sustituyan Lutero por humanidad e imaginen que el teólogo nos responde con la no menos conocida ironía: "Sí, pero yo esperaba un pollo de otra clase".