Un día subí al árbol:
encontré el nudo de hojas y luz;
así descubrí Asgard.
Sentí su nombre
y vibró mi corazón.
Subió mi sangre y bajó.
Tres veces le vi colgado,
y las aguas que se separan
se juntaron en mi ombligo.
Mi piel se hizo un río,
mis cabellos, nudos celtas:
me sostuve con mi alma.
El camino que conozco son raíces.
El Dios que reconozco es un sabio.
Nada puede hacer que las runas olvide.